Guárdame, oh Dios, porque en ti he confiado. Oh, alma mía, dijiste a Jehová: Tú eres mi Señor; no hay para mí bien fuera de ti. (Salmos 16:1-2).
Supongamos que en un edificio un tercer piso se está quemando. Hay un niño en el balcón que no puede entrar hacia dentro del edificio porque está todo en llamas. El humo se extiende hacia abajo, hacia el piso, y los bomberos le gritan al niño que se tire, que ellos lo van a recoger y no va a llegar al suelo porque han puesto un elemento para recibirlo. Pero el niño no se lanza al vacío; no tiene confianza en las personas que le hablan. En ese momento llega el padre y le grita: Hijo, tírate que aquí te recibiremos. El niño siente la voz del padre y ahora, con toda confianza, aunque no puede ver hacia abajo, se lanza al vacío confiando en las palabras de su padre.