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Mi nombre es Héctor Ricardo Solé, ciudadano argentino de 71 años. Hoy, enero del año 2026, hace 41 años que recibí a Jesucristo como mi Salvador personal. Esta especial experiencia ocurrió cuando yo tenía 30 años. Abandonado por mi madre cuando tenía 5 años, quede desahuciado de la vida. El hogar quedó desbaratado, ya que Solé, el hombre que me dio el apellido, también nos abandonó a los cuatro hijos. Los dos mayores eran del matrimonio, pero mi hermano menor y yo, de otros hombres. Solé se juntó con otra mujer con la cual vivió hasta que ella murió.

En los primeros años de mi vida, desarrollé un mal carácter; tenía que defenderme. Mi madre fue a verme al colegio primario en mi primer grado, pero no la dejaban verme porque estaba denunciada por abandono de hogar. Luego no volvió más y nunca supe de ella. La busqué, encontré a toda su familia, pero de ella no se supo más nada.

No sé cuántos años tenía cuando comencé a crecer solo, durmiendo en los trenes, en los bancos de las plazas, comiendo de los tachos de basura. En una oportunidad estaba comiendo comida agusanada y no me daba cuenta hasta que un compañero me lo dijo. Fui en algunas oportunidades casi violado, tanto por hombres como por mujeres.

Así, en estas condiciones deplorables, psicológicamente afectado, escuché el mensaje de salvación en una pequeña iglesia evangélica que recién comenzaba. Mientras el pastor exponía en su mensaje la forma en que Jesús murió, yo me sentí uno más galopeándole, burlándome; yo le di de latigazos, yo le clavé los clavos en sus manos sobre la cruz, yo le puse la corona de espinos, yo le clave la lanza en su costado, y a pesar del daño que le infringí, me dijo que me amaba. Jesús, dirigiéndose al Padre, le dijo: “Perdónalos, pues no saben lo que hacen” Salté del asiento donde estaba sentado y dije: Perdóname, Jesús. Desde aquel día caminamos juntos, y será (eso espero) eternamente.

Esta es la razón de esta página de internet. Quiero que usted también tenga un encuentro personal con Jesucristo. No con una religión, sino con la persona de Dios. La más grande expresión de amor que todos necesitamos está en la Cruz del Calvario.

CARTA A MI MADRE

Querida madre:

No sé dónde te encuentras, ni las cartas que la vida te dio que en mi temprana edad me abandonaste; sabes las veces que he llorado tu ausencia. Mi naturaleza de hijo pequeño, cuánto te necesitaba. Cuánto frio pase madre, cuánta hambre cuando dormía por las noches en los trenes, debajo de los árboles. Madre, hubo personas grandes que quisieron abusar de mí. ¡Ay, madre! Cuánto te necesitaba. Tu regazo para llorar mis penas, mis desengaños. Un día, como a los dieciocho años soñé, de mis manos, toda vestida de blanco, te soltabas, y ya no te busqué. Hoy creo que moriste salva. Madre si puedes de alguna manera, para mí desconocida, leer esta carta, quiero decirte que te amo. El Señor Jesucristo las heridas del alma me ha sanado.

El Padre cumpliendo su promesa: Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá.(Salmo 27:10). El Espíritu Santo se ha convertido en la madre que siempre me ha faltado.

Madre, no lo niego, a veces te extraño.

Madre yo ya te he perdonado, y siempre te recuerdo en este día, agradeciendo a Dios que en tu vientre fui formado.

En el día de la madre. Dedicada a todos los hijos abandonados.

Por el Lic. Héctor Solé. Del libro Oraciones de un hombre del siglo XXI

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